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La Costa Blanca

Altea no es tan solo esa villa tranquila hermosa arropada por las sierras de Bernia y Aitana. Altea, no es tan solo ese mar díscolo que levanta pequeñas tormentas  con los cantos rodados de sus playas. Altea es ese silencio que se prende  por sus callejuelas cuando arrecia el calor de la tarde. Altea son las noches  de agosto en que se derraman las lágrimas de San Lorenzo y las playas de la Olla estallan en fuegos artificiales. Altea es el aroma de jazmín, la arrogancia de las palmeras, la fuerza de los algarrobos, la sabiduría  de los olivos… el color de las buganvillas.

Altea son los conciertos en sus ermitas y en el Palau, La Xirimía y la dulzaina de sus fiestas, el pasear de las calles empedradas y languidecer en sus miradores sobre la bahía abarcando desde el peñón de Ifach  a Sierra helada.

Altea es, tambien, los pueblos  que la rodean que, como l’Alfas del Pi, antiguo refugio de los habitantes  de la zona frente los ataques de los piratas berberiscos, se extiende desde la montaña hasta las playas del Albir ofreciendo  al visitante  la posibilidad de practicar tanto deportes náuticos como senderismo. Y la Villajoyosa, con su barrio pescador de mil colores. O Finestrat  a los pies del Puig Campana, con su ermita del Remei, construida sobre un castillo árabe.

Altea también es perderse  una mañana de domingo cualquiera por el mercadillo de La Nucia, después de visitar su lavadero y su iglesia renacentista. Y, muy cerca de La Nucia, visitar Polop que durante décadas fascinó y fascina  a artistas, y que recuerda a cada uno de los pueblos de la provincia con su fuente de 221 caños.

Apenas a 8 kilómetros de Altea, Benidorm, mundialmente conocida por sus inmensas playas de arena y por ser la ciudad  en que la diversión no distingue de día ni de noche.

Y también en Callosa den Sarria, ciudad laboriosa y agrícola, encierra en su centro urbano la iglesia de San Juan, del siglo XV donde se venera a la Virgen de las Injurias.

Y, por fin, Guadalest, con apenas 150 habitantes, recibe más de dos millones de visitantes al año. A los pies de su pequeño centro histórico, encerrado en el interior de una peña rocosa, se encuentra el embalse del Guadalest, que recoge las aguas  de la sierra de Serella, Aixorta. Se accede al recinto por un túnel excavado en la roca sobre la que se encuentran las ruinas del castillo y el campanario de la iglesia. La visita incluye  la casa d Orduña, una interesante y hermosa mansión del siglo XVIII, que  contiene entre sus muros el museo, la iglesia parroquial y la fortaleza. 


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